Lo positivo de lo negativo

Jorge Pérez

Director General Creativo

Red Azul Publicidad

Festivales Creativos, devoción de unos y maldición de otros. Las grandes redes y grandes agencias, compiten para ganar prestigio a través del reconocimiento de sus ideas, de su talento, de su capacidad. Mientras, en la otra mano están las agencias medianas y pequeñas, independientes tratando de ganarse el respeto, un lugar y las oportunidades contadas de anunciantes que buscan frescura en el servicio como en el tiempo que estas agencias le dedican a sus marcas.

¿Cola de león o cabeza de ratón?, ¿un premio o ninguno? ¿negocio o reconocimiento?, definitivamente estas interrogantes rondan en la cabeza de los líderes de agencias medianas y pequeñas, quienes no contemplan dentro de su presupuesto de operación un rubro dedicado al desarrollo de prestigio; o en palabras coloquiales, “pisto para inscribir a premios”. Aunque ello no deje de ser apetecible para dichas agencias. Pero todo este tema es harina de otro costal. Lo que podemos sacar de esto es que muchas de estas agencias pequeñas, se centran en competir por otro tipo de premios: El respeto de los anunciantes.

Mientras esas grandes redes y agencias se matan en ver quien le pega a la piñata y quién la rompe primero, las agencias pequeñas están abajo recogiendo dulces y otros buenos premios. No podemos negar que todo el esfuerzo de estas grandes agencias que le inyectan talento, inversión y fe a los festivales creativos, también han contribuido a que ahora, muchos otros anunciantes y agencias que no están en la disposición económica de participar en festivales, se esfuercen por que su publicidad luzca muy parecida a lo que se ven en esos certámenes.

Últimamente he visto en las calles, en la televisión, en radio o Internet avisos que quieren ser compartidos con más personas, publicidad que gusta ser vista, oída o leída. Eso también es un premio al esfuerzo de profesionales que aman su trabajo por el gusto natural que éste les genera, por mera satisfacción más que por una presea sobre su cuello. Y con ello, gente de a pie que está ajena a este mundo festivalero, que está más preocupada en cómo llenar la refrigeradora al final de la quincena, termina encontrando en esa publicidad un espacio de arte, recreación o distracción hasta de culturización y educación.

Por lo tanto, trucho o no, propuesta o petición, cada trabajo que adquiere fama en esos festivales, terminan siendo a la vez otra forma de proyectarnos a la calidad y la excelencia que lejos de que sólo un jurado lo reconozca, el consumidor lo aprecia, lo valora y, lo mejor de todo, lo comparte.

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